miércoles, 31 de agosto de 2016

No sin mi Cavallino. Visita museo Ferrari.

Como guinda a nuestro viaje por La Toscana -increíble lo que puede dar de sí un finde de 3 días!-, reservamos el domingo por la mañana para visitar el Museo Ferrari, destino soñado por todo aficionado a este mundillo. Al fin y al cabo, el avión no salía hasta las 6 de la tarde y la distancia de sólo 50 km entre el aeropuerto y este paraíso en la tierra invitaba a no perdérselo...

Así pues, el domingo salimos prontito de Florencia dispuestos a disfrutar de los 140 km de carreteras que teníamos por delante. A diferencia de los 2 días anteriores, el clima era soleado y apacible, por lo que los Apeninos y la campiña cercana a Maranello se nos mostraron en todo su esplendor.

Un poco antes de la hora de comer europea ya estábamos entrando en esta tranquila villa de casitas bajas y pocos habitantes, donde, en la carretera que lleva hasta allí, ya nos encontramos un semáforo puesto en horizontal sobre la carretera, al más puro estilo F1. Cuenta la leyenda que las campanas de la iglesia de esta villa repican cada vez que Ferrari gana una carrera, así que las pobres deben estar acumulando bastante polvo... Al ser domingo por la mañana, estaba todo realmente tranquilo y nos dirigimos directamente a las cercanías del museo, circulando con nuestro Fiat Panda alquilado entre tiendas de productos de la Scuderia y empresas de conducción dedicadas casi en exclusiva a las bestias rojas -recuerdo una que tenía Mclaren's P1 disponibles-.

Como bien comentaba en las 2 anteriores entradas sobre La Toscana http://theredstig.blogspot.com.es/2016/05/en-pandilla-por-la-toscana.html, el tema del aparcamiento es peliguado por estos lares, pues te encuentras múltiples opciones con los pertinentes carteles explicativos... en italiano. En este caso, encontré una zona azul con pago toda la semana justo enfrente, plazas con límite de 2 horas al lado y, por suerte, una amplia explanada sin ninguna indicación y plazas blancas que entendí que sería gratuita. Paradójicamente, el museo tiene un amplio párking, pero es sólo para autobuses y autorizados. Al bajar del coche la sensación era muy extraña, porque parecía que había habido un apocalipsis zombie, con todo tan vacio y silencioso; aún así, podía notar una vibración en el ambiente que me ponía aún más los pelos de punta.


Al haber llegado justo a la hora de comer, nos pareció mejor plan buscar un restaurante y tomar algo antes de entrar al museo y así poder visitarlo sin ansias. Como no teníamos ganas de complicarnos mucho la vida, nos quedamos en la hamburguesería Beer Stop, pared con pared con el museo; realmente acertamos, pues sirve platos tamaño americano y por 15€ por cabeza se come bien. Nos sentamos en la terraza y nos dispusimos a disfrutar del sol y de las vistas.

Y hablo de vistas porque el ir y venir de Ferraris era continuo. Las empresas de alquiler instantáneo para hacer un pequeño tour por la zona no paraban de pasar por la Via A.D. Ferrari, -qué otro nombre podía tener esa calle?- para regocijo de la vista de los comensales. Echándole imaginación, pensaría que esa era la vibración que noté nada más bajar del coche, la de los motores de tanta maravilla automovilística dentro y fuera del museo, que, aún parados, se dejaban notar en el aire. Si pude resistir la tentación de salir corriendo a contratar un viajecito fue sólo porque hace unos años que probé un 360, en cuanto se puso de moda este tipo de negocios. Imprescindible experiencia, por cierto, para todo aficionado, pues aunque el interior del coche defrauda, el empuje y, sobretodo, el sonido que emite el motor, es para vivirlo al menos una vez en la vida.

Apurada la comida y la bebida, nos dirigimos, por fin, a las puertas del museo, que crucé con la ilusión de un niño pequeño entrando por primera vez a una tienda de juguetes en vísperas de Navidad.



El precio de la entrada, por cierto, es razonable: 15 euros por persona, aunque tiene cierta trampa. Al igual que pasa en otras atracciones que he encontrado por Italia -la catedral de Venecia, por ejemplo-, este precio base no incluye algunos extras que luego te encuentras por dentro del museo. Así, si quieres hacerte una foto dentro de un California tienes que soltar 15 € mínimo y 20 si es dentro de un monoplaza...vamos, más caro que la misma entrada al museo! La foto, eso sí, te la hacen ellos y te la entregan en un portafotos de calidad, con su logo y tal. Otro extra es el simulador de conducción en circuito, con un precio de 25€, absolutamente ridículo. Por fortuna, puedes hacer fotos sin límite dentro de las instalaciones -ellos mismos te marcan en el suelo dónde encontrar el mejor encuadre y te animan a subirlo a internet-, y con un poco de imaginación encontrar algún sitio para hacerte alguna foto de recuerdo divertida.





Nada más entrar en el edificio, ya ves que la visita va a ser muy especial: los colores rojos y blancos lo dominan todo y el insigne cavallino aparece por doquier. Sólo la recepción ya es digna de verse, con motores y un mostrador de entrada rojo y aerodinámico como el lateral de un F-1. Está todo tan cuidado, que hasta las papeleras parecen sacadas de un túnel de viento.




Pasas una pequeña tienda de recuerdos y te dispones ya, por fin, a entrar en el olympo de las 4 ruedas, bajo una puerta con la forma del escudo y los colores de la marca.




Y lo primero que te encuentras -sorpresa!- no es un superdeportivo o un monoplaza, sino una joya del diseño como es una berlinetta de los años 60, quizás menos espectacular pero mucho más elegante, posiblemente más bella y exclusiva que cualquiera de los otros coches allí expuestos... lo mejor para el final? pues no, empezamos por el diseño y la elegancia pura por bandera -la siguiente foto, por cierto, la hice aprovechando la sugerencia de enfoque que el museo recomendaba-.


En esta primera sala, tienes a tu espalda una exposición de los monoplazas con los que la marca lleva compitiendo desde los inicios del siglo pasado.




Leer las especificaciones técnicas, observar el interior de estos bólidos y echarse las manos a la cabeza es todo uno... vehículos con potencias cercanas a los 250 c.v. y velocidades de casi 300 km/h y con los mismos elementos de seguridad de unos autos de choque!. En materia automovilística, en 100 años se ha avanzado en muchos aspectos, pero en el de la velocidad, paradójicamente, se ha ido muy lento; cada km/h ganado representa un esfuerzo titánico y cualquiera de estas "antiguallas" está al nivel de velocidad punta de un moderno monoplaza.




Enormes volantes, asientos sin reposacabezas, suspensiones básicas... vehículos casi inconducibles, sólo potencia, ruido y caballos. Sin quitar mérito a los actuales pilotos, está claro que los que pilotaban estas máquinas estaban hechos de otra pasta, aunque sólo fuera por la forma en que se jugaban la vida cada vez que se ponía en marcha el enorme motor.

Superado el schock que representa pensar lo que representaban estos bólidos, puedes acercarte al "Hall of fame" particular de Ferrari, donde tienen fichas de sus pilotos, aunque parece que se les ha colado alguno que no toca...


O hacerte una foto con Vettel y Raikonnen... bueno, con sus imágenes, y hacerte la ilusión de que estás en el cajón del podio de tu GP favorito.


Pero si eres un buen aficionado a los GP's, al fondo del museo se encuentra la joya de la corona, el sancta sanctorum de la exposición. Pasada una pequeña sala que expone un Ferrari FF, una réplica del despacho del Commendatore y una zona de proyección de un pequeño audiovisual sobre la marca, encuentras la sala con los trofeos y los últimos coches ganadores.


Afortunadamente, hay un asiento en medio de la sala para que puedas acomodarte a saborear el momento, aunque corres el peligro de querer quedarte allí a vivir. Ahí están los monoplazas con los que Michael Schumacher hizo historia en el período de 2000-2005, todos juntos... si esos coches pudieran hablar!



Si tienes suerte y llegas en un momento en que no haya una horda de turistas asiáticos al asalto, la luz suave y el ambiente casi monacal puede hacer que te lleves de recuerdo una sensación muy especial sentado en el centro del semi-círculo: la de sentir cómo te miran, cómo te desafían a conducirlos, cómo te miran por encima del hombro porque ellos han rodado y triunfado en los circuitos más selectos del mundo y donde tú difícilmente llegarás nunca a poner los pies.

Pero aún hay más, pues a tu espalda están expuestos los trofeos que la marca ha ido acumulando en la F-1 desde 1950, año en que se inició la disciplina y en la que Ferrari es la única marca que siempre ha estado presente.



Cuando por fin consigas regresar al mundo real y puedas abandonar la sala, te recomiendo que entres a una especie de cabina telefónica que está nada más entrar y que seguro que has pasado por alto hipnotizado por la imagen de los monoplazas. Se trata de un espacio encapsulado para escuchar el sonido de varios motores a lo largo de las últimas décadas, aunque sólo sea para constatar cómo el sonido se ha ido afinando, desde los roncos V8 hasta los sibilantes motores turbo actuales.

Seguimos deambulando por el museo y, camino ya de la salida, encontramos otra sala con varios coches de distintas épocas.


Nuevamente, es interesante girar la cabeza y mirar a nuestra espalda, pues tras las escaleras por las que hemos subido, se encuentran expuestos los nombres de varios de los modelos que han ido saliendo de la fábrica que se encuentra unos metros más allá.


599, GTO, 458 Italia, California... y el clásico de los 80, el F40, que inició la moda de los superdeportivos extremos matriculables. Costaría elegir sólo uno, verdad?.

En la penúltima sala, y para cerrar el recorrido cronológico, encontramos los modelos más nuevos de la compañía, Laferrari incluido, un controvertido vehículo híbrido con unas prestaciones bárbaras -960 c.v. entre gasolina y electricidad- pero con un diseño que los puristas de la marca acusan de poco adecuado para la marca. En cualquier caso, visto de cerca impresiona... y mucho.


El museo se termina con una pequeña sala que habla sobre diseño de interiores. Para ilustrar el tema, qué mejor que poner un descapotable, o, directamente, un salpicadero expuesto para observarlo a gusto.



Y fin. Con más pena en el cuerpo que otra cosa, salimos del museo después de haber pasado un par de horas inolvidables entre coches irrepetibles y, sobretodo, mucho color rojo.

Pero aún hay más.

Porque, al salir del museo, tienes a 5 minutos la antigua fábrica y un cartel con más caché que el de Hollywood. Para ello, basta con cruzar la calle y tomar la Vía Fornace: tras pasar el moderno edificio de la Scuderia y una Ferrari Store del tamaño de un Corte Inglés, te das de bruces con la entrada, punto ineludible para hacerse más fotos y disfrutar de los Ferraris de alquiler que van y vienen como en un tiovivo de lujo.
Y es que, aunque el museo es realmente impresionante y no hay que perdérselo, éste es el punto exacto en el que nació la leyenda, esas grandes letras amarillas bajo las que pasaba cada día el sr. Enzo Ferrari y por el que salían sus creaciones directas al asfalto, su sitio natural, listas para encandilar a los conductores y hacer historia.





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