sábado, 5 de diciembre de 2015

Mi primera vez - prueba racing KTM X-BOW.

Cómo pasa el tiempo! Revisando una fotos me he encontrado con ésta -casi- reliquia, del 2009







La primera vez que conduje en Montmeló, ahí es nada; y a los mandos del especial KTM X-BOW. Después he tenido la oportunidad de volver un par de veces más a dar alguna vuelta en el Circuit (con un Lambo Gallardo y el invierno pasado para probar el nuevo Ford Mondeo), pero la primera vez que uno logra cumplir un sueño de ese calibre es algo especial. Por no hablar de lo singular que era el modelo que elegí...

En aquella época mucha gente me decía que estaba medio chalado por pagar 80 euros por dar una sola vuelta al circuito. Puede que sí y puede que no, pero es cierto que si hubiera invertido ese dinero en cualquier otra cosa (una cena, una cazadora de marca, un cacharrín electrónico...), a día de hoy no me quedaría ni el recuerdo de lo que hubiera sido. En cambio, al haberlos invertido -no gastado- en algo tan especial, sigue presente en mi mente lo que sentí aquel día; porque si especial era el escenario, no menos fuera de lo común era el coche que probé. Y si me falla la memoria, ahí tengo esta foto por gentileza de Fórmula GT.

Aquel día de septiembre la mañana se había levantado fresca: estaba nublado y el sol a duras penas iluminaba. Para no perder las buenas costumbres, me planté pronto, mucho antes de la hora acordada, en el Circuito de Montmeló. Hacía muchos años que no me pasaba por allí, pero recordaba lo extraño que resultaba rodar tan cerca por la carretera de Vic y no divisar la más mínima señal de su existencia. Nada más llegar al parking, encontré a un par de los monitores de Fórmula GT haciendo trompos con el KTM. Y es que es un coche que invita a hacer travesuras.

Siempre que comento que conduje este coche, la gente me mira extrañada y me suelta "pero KTM no hace motos?". Efectivamente, motos y esta pequeña joya de la automoción, un juguete para adultos, una especie de kart de 240 c.v....aunque con un coste de más de 60.000€. Y luego algunos dicen que no sabrían que hacer con el dinero si les tocara la primitiva...

El precio del KTM está justificado por la exclusividad que supone su corta tirada de producción, pero, sobretodo, por su fabricación en carbono (fabricado por el especialista Dallara) que lo hace ligerísimo. El motor no es ninguna locura, pues es el conocido 2 litros del grupo VAG aunque tuneado para generar 40 c.v. más que el original. Si el motor es Volkswagen y el chasis Dallara, qué hace KTM?; pues montarlo y, lo más importante, tener las narices de soñarlo y fabricarlo. Tampoco es tan extraño, pues las miles de piezas que monta cualquier coche de cualquier marca también son fabricadas por fabricantes externos de componentes; luego las marcas los montan, como puzzles, y listo.

En fin, que después de disfrutar un rato viendo las diabluras que se podían hacer con el KTM en el exterior, me acerqué a la zona de Fórmula GT para presentarme. Me hicieron entrar a los boxes y allí me explicaron, junto a otros afortunados cuál era el plan de la mañana. Teníamos a nuestra disposición una zona de cátering y un simulador de F1 con el trazado del Circuit, y, antes de la prueba de conducción, daríamos un par de vueltas al trazado como copilotos en un Mitsubishi Lancer o en un Subaru Impreza para que lo conociéramos.

Tras esta breve charla, por fin traspasé la puerta de los boxes y salí al asfalto. Qué sensación, ver las gradas desde el mismo sitio donde los pilotos paraban a cambiar neumáticos!. En ese momento te das cuenta de lo grande que llega a ser el Circuit, pues a duras penas alcanzaba a ver el inicio o el final de la recta. Aunque vacío, la vista seguía siendo sobrecogedora.





Y si encima sumamos todas estas maravillas que esperaban a salir a rodar, ya empezabas a dar por bien pagados los 80 €.

Mientras me recuperaba de la impresión, el Subaru se paró cerca mío y un monitor nos indicó que entráramos para hacer el reconocimiento; la cosa seguía prometiendo: se trataba de la versión de 300 c.v!. Sin vergüenza ninguna, me dirigí directamente a la puerta del copiloto para verlo todo desde el mejor ángulo y me acomodé en los asientos deportivos. Durante las vueltas el conductor nos avisó de que no nos subiéramos a los pianos como hacían los monoplazas, y que debíamos seguir las instrucciones de nuestro monitor. Asimismo, nos indicó que habían colocado conos en las curvas para que tuviéramos mejor visibilidad. Por que esa es otra. Desde casa no se aprecia, pero el circuito no es, ni mucho menos, plano. Sube y baja de forma bastante acusada y desde dentro del coche es mejor tener una referencia clara de dónde girar para evitar líos.

Me bajé del Subaru alucinando ya con el sonido del motor y el empuje del coche de rallyes y me fui a buscar mi pequeño KTM, al fondo, el último de la fila después de los Ferraris, Porsches y Lambos.






Viéndolo de cerca, impacta por las extrañas proporciones que tiene, muy condicionadas por el hecho de tener el motor en posición trasera-central... como un auténtico monoplaza. Corto, bajo y ancho parece el coche de verano de Batman con tantas lineas rectas y superficies cortantes, Curiosamente, calca los datos de mi antiguo Ford Fiesta (3.75 m. de largo y 900 kilos), pero con 3 veces más potencia, claro; y sin puertas, techo o parabrisas, lo más chocante del conjunto. De hecho, es tan poco habitual, que tienen que explicarte cómo subir/entrar/meterte: no puedes pisar los pontones laterales, sino colocar un pie directamente en el asiento y luego acomodarte en un hueco labrado directamente en la fibra de carbono con refuerzos acolchados, pero extrañamente cómodo. Por este motivo, por carecer de asiento propiamente dicho, se regulan los pedales y el volante y no al revés, pero la postura, baja y estirada, es cómoda y acogedora.

Y si por fuera impacta, por dentro no es menos, pues sólo hay fibra de carbono a la vista. Un arco separa ambos asientos para dar más sensación de monoplaza, y los únicos indicadores están en un pequeño display central orientado hacia el conductor. Un volante plagado de botones, una palanca de cambios que apenas asoma y fin de la historia. Lo mínimo imprescindible para vivir la conducción. Ni dirección asistida, ni ABS, ni ayudas electrónicas de la conducción: la carretera, el viento en la cara y tú al volante, nada más.






Una vez ajustado el arnés y el casco puesto -con intercomunicador incluido- mi monitor puso en marcha el motor y me indicó que saldríamos en breve. También me indicó que, si todo iba bien, no haría ningún comentario y que sólo tuviera cuidado de no pasar de 6.000 vueltas el motor.

Volví a mirar las gradas vacías con las manos en el volante: si sólo estar allí ya me aceleró el pulso, como sería participar en un gran premio?.

En esas estaba cuando me dieron la salida. Como el coche pesa poco, la dirección era cómoda y las marchas, de corto recorrido de palanca, entraban con precisión; eso sí, el sonido del motor no enamora, y más después escuchar como rugían el resto de deportivos que empezaban a rodar, aunque el hecho de tener el motor detrás de la oreja lo cambiaba todo. Como conductor precavido, no pude evitar echar un vistazo al incorporarme al carril y señalizar la maniobra, aunque tenía pista libre.

Y allí estaba yo, entrando en la parte final de la recta de tribunas, viendo cómo la chicane se acercaba. Como no quería acabar fuera a la primera aminoré pronto y tracé la "S" con cuidado, extrañado por cómo chirriaban los frenos justo detrás de mi cabeza.








Al salir de las enlazadas y encarar la amplia curva Renault le pisé con decisión, sabiendo que tenía después una buena recta. Evidentemente, el día anterior había dado unas cuantas vueltas virtuales al circuito en casa, al volante de la PS3 y me lo conocía bastante bien. La curva Repsol, igualmente amplia, la pude gestionar sin reducir marchas, pues el motor era realmente elástico y encaré una ligera bajada hacia la curva Seat. Tras la ligera chicane que sigue y que ya tomé con más energía, comencé a subir hacia la curva, para mí, más complicada: Campsa, pues se trata de una curva en pleno cambio de rasante, con lo cual no ves hacia dónde vas. Tienes que confiar que el asfalto estará donde debe, pero la falta de referencias visuales hace dudar en todo momento. Lo que debe ser gestionarla a más de 200 Km. por hora...

Nueva recta para pisarle a gusto y ya me tocaba entrar en la zona del Estadi, donde nuevamente se me encogió el gañote, al ver aparecer las gradas por el horizonte y pasar por su base. Por un momento las imaginé llenas de gente agitado banderas y gritando y allí estaba yo, un humilde conductor, pilotando por donde sólo los mejores lo hacen -bueno, y todos aquellos que quieran pagarlo-.

Tan ensimismado me quedé que, tras la curva Europcar, me encontré de sopetón con la última chicane y la negocié como buenamente pude, frenando con ganas y con bastante rudeza, tomando después la desviación hacia boxes nuevamente. El monitor, que no había dicho nada durante el recorrido, me dijo: "Bien, verdad?, aunque en esta última te he visto un poco apurado...". Tras decirle que sí, que me había despistado un poco, me ayudaron a salir del coche y, tras darle la mano y las gracias, me dirigí caminando nuevamente a boxes.

Me sentía como si me hubiera bajado del Dragon Khan, así que me acomodé en la entrada para ver cómo el resto de participantes subían y bajaban ilusionados de los coches que iban probando y comentaban la jugada con sus acompañantes. Y sobretodo, disfrutando del increíble sonido de estas joyas sobre ruedas.

Y hasta ahí llegó mi vuelta al circuito. No sé si tardé un minuto o tres, ni a qué velocidad llegué a ir, pero lo que tengo claro es que, en conjunto, me compensó de sobras lo que pagué.





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